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Psicología de la obesidad: Cómo combatirla

Psicología de la obesidad

Además de los hábitos alimenticios más o menos saludables y la calidad y cantidad de alimentos que ingerimos, a veces pasa desapercibido un factor que tiene mucho que ver con el hecho de mantener un peso adecuado. Nos referimos al estilo de vida y la frecuencia o no de factores que generan ansiedad o angustia y una gran sensación de peligro. Este factor, el estrés, juega un papel fundamental en el control de peso y la salud y cada vez son más los profesionales endocrinos y nutricionistas que valoran esta variable para poder tratar con más eficiencia a sus pacientes. Es lo que se conoce como Psicología de la Obesidad.

¿Qué es el estrés?

Llamamos estrés al recurso que tiene nuestro metabolismo para responder a una situación o suma de situaciones que le sobrepasan. Cuando nos vemos expuestos a este tipo de estímulos sentimos una sobrecarga que altera en negativo nuestra calidad de vida y ocasiona síntomas físicos y psicológicos. Los más comunes son:

  • Cefalea tensional. Las situaciones estresantes pueden hacernos acumular tensión en la zona cervical, lo que puede dar lugar a intensos dolores de cabeza y mareos, aunque muchas veces no relacionamos estos síntomas con la situación angustiosa que vivimos.
  • Lapsus de memoria.
  • Cambios en el tránsito intestinal. Alternancia de episodios de diarrea y estreñimiento.
  • Agotamiento, fatiga.
  • Insomnio.
  • Disfunción sexual.
  • Envejecimiento prematuro.
  • Cambios en el peso.

Cómo el estrés puede modificar nuestros hábitos alimenticios

Cuando nos sentimos en peligro

La psicología de la obesidad nos señala que la sensación de peligro es una de las principales características del estrés. Nuestro cuerpo libera de manera refleja hormonas y estímulos nerviosos para reaccionar al peligro detectado. En épocas pretéritas, cuando el hombre vivía expuesto mucho más a los peligros de la naturaleza que en la actualidad, esta reacción natural era de extrema importancia (huir de un posible depredador). El estrés consigue que vivamos la misma sensación de peligro pero sin que haya un motivo físico evidente, sino diversos y poco especificados, propiciando el estrés crónico, que analizaremos más adelante.

Una de las hormonas que el cuerpo produce, la adrenalina, en el momento que se segrega, anula de manera automática nuestro apetito. La razón es que la sangre debe concentrarse en otras zonas de nuestro organismo antes que en el digestivo. Cuando la sensación de peligro disminuye o desaparece, la llamada hormona del estrés, el cortisol, pide de manera imperativa a nuestro cuerpo que ingiera alimentos. Este estímulo provoca que cedamos a la tentación de la comida rápida (que suele ser sinónimo de comida basura).

Estrés crónico

Como comentábamos anteriormente, nuestros antepasados cazadores se enfrentaban a picos de estrés en momentos concretos: el ataque de depredadores o las hambrunas. La psicología de la obesidad era inexistente, sin más. El estrés crónico, que es el que abunda en las sociedades actuales, engaña a nuestro organismo y acumula una reserva de grasa (energía) por si se producen estos picos. En consecuencia, la presencia de cortisol es casi una constante en nuestro organismo. Eso provoca una ralentización del metabolismo que impide que perdamos peso.

A este factor debe añadirse que el cortisol prefiere la ingesta de alimentos poco saludables, como los azúcares refinados y las grasas. Recientes estudios demuestran una correlación clara entre la sensación de bienestar y placer y la comida muy azucarada.

Mala calidad del sueño

Cuando estamos estresados y nerviosos solemos dormir poco y mal. El cerebro se encuentra en estado hiperactivo: es difícil conciliar el sueño y dormir de un tirón. En este estado, nuestra mente no deja de consumir azúcar. Por ello, ya de buena mañana sentimos cansancio, fatiga y agotamiento. Además, un sueño inadecuado incide directamente en el funcionamiento de la leptina y la grelina, que regulan nuestro apetito.

Comer por ansiedad

Es frecuente que cuando estamos estresados piquemos alimentos de alto valor calórico para disminuir nuestra ansiedad. Un ejemplo ilustrativo de la psicología de la obesidad es el de la persona que ha dejado de fumar. El síndrome de abstinencia produce estrés, que trata de paliar comiendo más y entre horas. Por ello, a menudo un exfumador suele aumentar unos quilos cuando decide dejar este vicio.

Cómo controlar la obesidad por estrés

La respuesta es obvia: controlando el estrés, que es el origen de nuestro sobrepeso. Se trata pues, de un problema psicológico al que debemos enfrentarnos con ayuda de un profesional en esta materia. El terapeuta nos ayudará a identificar cuales son las causas que provocan estrés, que varían mucho de unos individuos a otros. Por eso, que un profesional se ocupe de nuestro caso particular es fundamental.

  • Un buen terapeuta nos ayudará a establecer prioridades y conseguir un equilibrio entre nuestra vida personal y profesional.
  • Conocer nuestros momentos más estresantes
  • Una vez realizado este paso nos resultará más sencillo reconocer los momentos en que acudimos a la comida para paliar el estrés.
  • ¿A primera hora de la mañana, antes de la jornada laboral? ¿Al mediodía? ¿A media tarde, cuando el cansancio empieza a dejar huella en nuestro organismo? ¿por la noche, cuando llegamos agotados a casa y tenemos que enfrentarnos a las obligaciones domésticas? Cuando sepamos la respuesta, preparémonos una cantidad moderada de algún alimento saludable, como fruta o frutos secos
  • Un poco de ejercicio ayuda muchísimo: Evitar el sedentarismo ayudará a quemar las calorías sobrantes y, más importante todavía, desconectar de la rutina diaria que desencadena el estrés. En función de nuestra forma física y asesorados por un profesional, son muchas las actividades entre las cuales podremos elegir.

Y recuerda: no sufrir estrés se traduce en calidad de vida, bienestar y energía. ¡Vale la pena el esfuerzo!

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